Ajedrez y estrés

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¿Puede la práctica del ajedrez producir estrés?

Cuando pensamos en el ajedrez como un juego difícilmente nos hacemos a la idea de que pudiera estar relacionado con el temido estrés. 

Normalmente, la imagen que tenemos de los ajedrecistas está referida a la de personas intelectuales, calmadas y ponderadas, capaces de estar analizando en silencio durante largo rato una determinada posición en el tablero y la continuación más conveniente. 

De alguna manera, el saber que es una actividad que utiliza como instrumento básico el juicio lógico, la memoria, el cálculo y el raciocinio constante, hacen que el gran público también asuma que los ajedrecistas están libres de arranques emocionales y son casi inmunes a las angustias y sobrecargas de tensión emotiva que cualquiera pudiera padecer. 

De hecho, entre otras recomendaciones que se le ofrecen a los aquejados de estrés, casi siempre se encuentra la de desarrollar actividades recreativas que contribuyan a que la persona se distraiga y se disipe, pudiendo ser el ajedrez una de ellas.

 Es decir, se usa el ajedrez como una actividad lúdica que contribuye al equilibrio y relax de quien lo practica.

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Sin embargo, el panorama cambia por completo cuando pasamos a considerar al que llamaremos ajedrecista de competencia; es decir, a la persona que participa en torneos oficiales y desarrolla una actividad más o menos constante en dicho ámbito. 

Esto comprende desde los fuertes aficionados hasta los maestros en el rubro (nacionales e internacionales) a quienes, en algunos casos, puede considerarse profesionales en el área.

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¿Puede la práctica del ajedrez producir un intenso estrés?

La respuesta es sin duda afirmativa, pero para comprenderla mejor es preciso repasar algunas de las características muy particulares que se dan en las competencias ajedrecísticas:

1. Las partidas de torneo tienen una duración determinada,el ajedrecista debe permanentemente estar pendiente del tiempo que le resta, y éste, por sí sólo, puede llegar a ser un factor muy importante de presión, particularmente cuando enfrenta una situación crítica durante el juego.

2. La misma naturaleza del ajedrez exige una concentración permanente y sostenida en todos los detalles y posibilidades de cada posición que se vaya sucediendo sobre el tablero. Y ésta cambia de jugada en jugada, abriendo siempre un abanico de alternativas que es preciso analizar con detenimiento. 

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3. La esencia del ajedrez implica un variable nivel de dudas e incertidumbre acerca de las ideas, planes y movimientos que el jugador va elaborando, a lo que hay que sumarle las permanentes amenazas (imaginarias o reales) del adversario y la dificultad de predecir el resultado del encuentro. 

4.El resultado final (triunfo, derrota o empate) sólo se verifica en el último momento; obviamente, lo usual es que tenga conexión con el desarrollo de la partida desde la misma apertura, pero todos los méritos realizados y una posición avasalladoramente superior durante horas, pueden estropearse con un solo error grave en dos segundos. 

Esto lo saben bien los ajedrecistas, y forma parte de la dolorosa realidad que en más de una ocasión han tenido que enfrentar. 

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5.Las consecuencias sociales y personales del resultado de la partida o del torneo, pueden estar ejerciendo una presión por su propia cuenta; en esa línea, también la presencia de espectadores (en ocasiones, de un determinado espectador) más o menos próximos a la mesa de juego, puede ser un importante factor adicional de estrés.

6. La gran mayoría de jugadores reportan haber experimentado durante un encuentro, aunque en un nivel variable, sentimientos de ansiedad, temor y cólera; también de hostilidad y agresividad hacia su oponente.

 Tampoco son raras las sensaciones de desamparo y de fatalidad irremediable, así como la pérdida –a veces súbita- de confianza en sí mismo y una creciente dificultad para atender y concentrarse.

7.Otra experiencia muy común es quedarse “conectado” con una partida -particularmente si el resultado no fue favorable- durante muchas horas (a veces días) después de su conclusión. 

Es como si la abrumadora concentración experimentada en el juego se prolongase indefinidamente más allá de la voluntad del jugador; y las posiciones, variantes, autoverbalizaciones (exclamaciones, recriminaciones, lamentos, comentarios, análisis y otros) se suceden en su mente casi sin interrupción, perturbando su descanso y adaptación cotidianas. 

Como si no pudiera pensar en otra cosa. Sin duda, las emociones experimentadas durante el encuentro son las responsables de esta fijación .

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8.En las competencias ajedrecísticas el jugador debe permanecer sentado en silencio durante horas, realizar sus movimientos sobre el tablero cada cierto tiempo y llevar la anotación de los mismos en su planilla de juego. 

En apariencia no se le exige físicamente un esfuerzo mayor. Sin embargo, como ya hemos señalado, su mente vive un mar de actividad incesante, en el que las vivencias emocionales juegan su propio rol al lado de las más cognitivas, lo que se traduce en el incremento de la activación fisiológica que, a diferencia de lo que ocurre en los deportes de contacto directo y de movimientos amplios, no encuentra una vía de escape física. 

9. En ocasiones, pueden aparecer no sólo dolores de cabeza y sensaciones de rigidez y tensión muscular en el tronco o en el cuello, sino también mareos y una sensación de desorientación o desfallecimiento.

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10. Se ha comprobado que durante una partida de ajedrez los jugadores experimentan importantes cambios fisiológicos (Pfleger et al, 1980; Dubeck, 2001) que, están ligados a la activación emocional: aumentos del ritmo cardíaco, respiratorio y de la presión arterial (en niveles comparables a los que se alcanza cuando se realiza una actividad física moderada o exigente); incremento de la respuesta galvánica de la piel (sudoración) y de la tensión muscular; sequedad de la boca y aumento de la frecuencia de micción, entre otros.

 Estas modificaciones se mantienen en mayor o menor medida, como un telón de fondo, a lo largo de toda la partida y son particularmente notorios en los momentos críticos del juego –cuando se ha cometido un error o uno se encuentra asediado por las piezas enemigas, o si el tiempo apremia. 

Paradójicamente, también se incrementan cuando el adversario es el que ha cometido un error y se presenta una situación que puede ser decisivamente favorable para el jugador. . Kasparov, por ejemplo, ha declarado que personalmente ha experimentado fiebres, reacciones alérgicas e, inclusive, problemas dentales en dichas circunstancias (Kasparov, 1999). 

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 Mente, cuerpo y comportamiento de los ajedrecistas

Para completar el panorama, habría que dedicar algunos párrafos a describir algunas de las conductas externas de los ajedrecistas ,que son un reflejo -muchas veces de lo más transparente- de la intensidad y del mayor o menor éxito en el control de su tensión emocional:

1. Hay jugadores que manejan su inquietud previa al inicio de una ronda de torneo llegando con mucha anticipación; una vez allí, algunos eligen sentarse en  silencio a esperar el inicio, mientras otros prefieren sosegarse caminando pausadamente o conversando con conocidos.

Casi como un ritual y antes de su primera jugada, muchos jugadores reacomodan de una en una todos las piezas en sus posiciones de salida, sintiéndose muy incómodos si por alguna razón no llegan a hacerlo.

Aunque parezca extraño, ciertos jugadores prefieren llegar a la hora exacta o pocos minutos después de iniciada la ronda, con la finalidad de pasar directamente a la acción.

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2. En el transcurso de la partida también es notorio que algunos prefieren levantarse -cuando es el turno de jugar del rival- y dar una mirada o realizar un pequeño paseo por las mesas adyacentes.

 Otros, no se levantan de su sitio durante toda la sesión de juego, salvo que tengan que ir al baño; los cuales, dicho sea de paso, tienden a ser más utilizados que en una reunión social común y corriente.

3. Delante del tablero, muchos jugadores ponderan su jugada con tranquilidad sin dar mayores muestras de inquietud; cuando se deciden por un movimiento, usualmente lo realizan con seguridad y aplomo, inclusive en situaciones críticas.

 Otros, sin embargo, manifiestan abiertamente la tensión emocional que están atravesando: mueven permanentemente las piernas, cambian constantemente de posición en el asiento, balancean el tronco, realizan movimientos estereotipados con las manos (a veces suspenden a medio camino y dejan en el aire unos  segundos interminables la mano con la que estaban por realizar una jugada), sacuden los brazos o la cabeza, aparecen muecas en su rostro, carraspean, y otras conductas semejantes. 

4. También es común observar que algunos jugadores adopten medidas de autocontrol particulares, como por ejemplo, anotar en su planilla de juego el movimiento que han decidido realizar, antes de llevarlo a efecto, con la finalidad de analizarlo unos segundos (a veces minutos) adicionales.

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5. En ocasiones, algunos jugadores se mostrarán muy sensibles a la presencia de cualquier tipo de ruido o distracciones, manifestando su disgusto con palabras, gestos y expresiones faciales; en otros casos, pueden ser víctimas de su exagerada transpiración, al punto de gotear desde su frente sobre la mesa o que sus manos humedezcan tanto la planilla de juego que no es posible escribir con facilidad sobre la misma.

6. Avanzada la sesión de juego, ciertos ajedrecistas se levantan para disipar la tensión muscular acumulada, pero permanecen de pie exactamente delante del tablero; en ocasiones, en particular cuando el tiempo apremia y la situación es crítica, algunos jugadores prefieren realizar sus movimientos manteniéndose parados, ya que la inquietud los domina tanto que rechazan el asiento.

7. Durante la partida pueden surgir diversos incidentes que requieren la intervención del árbitro. La mayoría de los jugadores, aunque dejan entrever su inquietud al expresar su postura, se adaptan con relativa calma a las circunstancias y aceptan sin mayor aspaviento la determinación arbitral. 

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Algunos, sin embargo, hablan atropelladamente, se levantan, gesticulan y expresan sus reclamos no siempre de la manera más deseable. Cuando no se les da la razón, y reanudada la partida, siguen expresando su disconformidad a través de gestos adustos e inquietud motora.

8. Hay jugadores que manejan muy mal el sufrir una derrota, particularmente cuando están convencidos que ha sido inmerecida y producto de un error de último momento o de la intervención “injusta” del árbitro.

Así, se ha visto reacciones que varían desde el marcharse apuradamente profiriendo agravios, tropezándose con objetos o la gente y dando portazos; hasta otras de un mutismo cerrado y un abatimiento físico muy acentuado, casi paralizante. 

9. En ocasiones, aunque esto ha sido más común en partidas informales, los contrincantes han pasado de la contienda simbólica a una muy real confrontación física, sea que ésta se quede en conato o devenga en algunos destrozos y con contusos de por medio. El factor desencadenante suele ser un reclamo acerca del cumplimiento de las reglas o una acusación directa de trampa que rápidamente sube de tono.

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¿Qué mueve a un ajedrecista?

Tomando en cuenta todo lo mencionado hasta el momento, tal vez resulte apropiado preguntarse ¿Qué lleva a los ajedrecistas a mantener su afición a pesar de todos los posibles inconvenientes y riesgos?, ¿Por qué someterse voluntariamente a experimentar el estrés que hemos descrito?

Estas preguntas no tienen una respuesta sencilla. Muchos afirmarán que lo disfrutan sobremanera al considerarlo un estímulo y un desafío intelectual. Otros pondrán en un primer plano sus aspectos lúdicos y de entretenimiento; o sus características estéticas y creativas; o su condición de ciencia y cultura, madre de un cuerpo de conocimientos casi inagotables y de actitudes ante la vida con alcances filosóficos.

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La dimensión deportiva también es frecuentemente mencionada para explicar su práctica. Pero en su consideración, es usual que se pase por alto una característica muy particular sobre la que pocas veces se habla: el ajedrez es una competencia de tipo intelectual en la que generalmente hay un elevado compromiso de la imagen y de la valía personal (Ego involvement).

El prestigio que rodea a la inteligencia y a las habilidades cognitivas en occidente, en especial en los tiempos modernos, guarda una estrecha relación con este punto.

 El ajedrez emplea la lógica, el raciocinio y el análisis científico, que son los rasgos más distintivos de nuestra especie. Desde hace muchos años la Psicología ha destacado que todos los seres humanos necesitamos sentirnos importantes ante nosotros mismos, buscamos desarrollar y fortalecer nuestro sí-mismo (self), nos acercamos a la gente, circunstancias y actividades que contribuyen a este objetivo y nos apartamos de los que no lo hacen (Rogers, 1951, 1961). 

La autoestima como concepto ha llegado a ser muy popular en las últimas décadas, inclusive para los no especialistas. Pues bien, parece que para los ajedrecistas de competencia su imagen personal y su autoestima están muy relacionadas con la práctica de su deporte favorito.

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Ahora bien, el que destaquemos el tema del compromiso o involucramiento personal, no significa que las otras motivaciones, que también hemos mencionado para la práctica ajedrecística, no jueguen un rol importante.

 Es dable encontrar todo tipo de matices; y así, tendremos jugadores que se toman las cosas muy deportivamente sin mayor sufrimiento ante un contraste, y otros para los que el triunfo los exalta hasta las nubes y una derrota les arranca un pedazo del alma. 

Algunos centran su objetivo en mejorar su propio desempeño, sin necesidad de estarse comparando permanentemente con los demás; buscan ser mejores ajedrecistas pero no se obsesionan con la competencia.

Lo que sí podemos afirmar con seguridad es que mientras mayor sea el nivel de compromiso personal en el sentido mencionado, mayor será el nivel de estrés que se experimentará en los torneos. 

La sensibilidad estará incrementada en todo lo que tenga que ver con el juego, que pasa a convertirse en su fortaleza y, paradójicamente, en su debilidad ya que parte de su valía individual queda expuesta en cada encuentro.

 En razón de ello, en circunstancias extremas de derrotas continuas, lo más probable es que un ajedrecista de competencia se retire para proteger su sí-mismo (Yo).

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Afrontamiento del estrés ajedrecístico

El estrés forma parte indesligable de la vida de todos y no es una característica exclusiva de los tiempos modernos como muchos creen.

 Siempre ha existido, tanto en los aspectos fisiológicos como psicológicos y sociales. Nuestra capacidad de enfrentarlo y manejarlo nos lleva al concepto de afrontamiento, y en relación con el tema que nos ocupa también puede ser subdividido en dos vertientes (Lazarus y Folkman, 1984):

1. Afrontamiento centrado en el problema, cuando se trata de resolver o aminorar la influencia de la situación creadora del estrés. Lleva implícita una evaluación de las demandas, de los recursos disponibles y de las medidas a emplear.

2. Afrontamiento centrado en la emoción, cuando buscamos disminuir las consecuencias emocionales percibidas que las circunstancias estresoras han disparado y continúan alimentando.

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Conviene aclarar que no toda situación demandante que enfrente una persona puede ser considerada como estresora.

 Sólo será tal si origina un esfuerzo de adaptación, pero no se considerará de esa naturaleza si la maneja de forma casi automática o rutinaria.

 En realidad, muchos consideran que un cierto nivel de estrés contribuye a desarrollar un óptimo nivel de rendimiento, ya que obliga a utilizar los máximos recursos disponibles que, de otro modo, no aparecerían.

¿Cuál es el límite de tolerancia?

Evidentemente éste varía de un jugador a otro. Algunos se vuelven vulnerables cuando el juego se prolonga por muchas horas; otros son extremadamente frágiles en los apuros de tiempo; hay quienes asimilan muy mal las complejidades tácticas o las largas maniobras posicionales; algunos no llevan bien el sentirse asediados y tener que asumir una prolongada defensa. 

 Primero ocurre la fractura y derrota mental, luego viene la derrota sobre el tablero. De ahí que los jugadores experimentados busquen deliberadamente encaminar la partida hacia el tipo de juego en el que es más probable que aparezcan las limitaciones de afrontamiento de su rival, donde saben que son más vulnerables; y más bien eviten las situaciones en las que su propio afrontamiento queda en entredicho.

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A estas alturas de nuestra revisión del tema, es fácil comprender que los grandes jugadores y campeones, además de poseer un enorme talento natural que ha sido alimentado por la práctica y el estudio, también detentan un elevado y versátil nivel de afrontamiento del estrés. 

Este llega a ser un requisito adicional para la maestría. De otra manera, difícilmente hubieran llegado a ocupar una posición tan destacada en un medio en el que, como hemos visto, hay que lidiar con un intenso estrés físico y psicológico.

¿Se puede mejorar la capacidad de afrontamiento?

Comprendiéndolo en un sentido amplio, el afrontamiento para el jugador de competencia también abarca el mejorar sus habilidades ajedrecísticas; mientras mejor pueda jugar, también de mejor manera enfrentará la situación problema.

 Pero, aceptando que este aspecto forma parte usual de las actividades de preparación y entrenamiento de prácticamente todos los jugadores, hay otro tipo de medidas que, en lo físico y en lo psicológico, también pueden ser útiles:

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1. Preparación física. Fueron los ajedrecistas soviéticos los primeros en tomarse muy en serio el gozar de un adecuado acondicionamiento físico como un requisito adicional para rendir en forma óptima en el plano ajedrecístico. 

El cuerpo debe estar preparado para tolerar los rigores de las largas jornadas de juego, pues ya hemos visto cómo el ajedrez de competencia representa físicamente mucho más que estar sentado delante de una mesa. 

Es conocido que muchos maestros (Kasparov entre ellos) practican como una norma de vida deportes como natación, tenis o atletismo; inclusive disciplinas como karate o judo no son extrañas en el medio .

Mantener una adecuada alimentación y un sano ritmo de vida que incluya suficientes horas de descanso es también muy recomendable.

2. Actividades durante la sesión de juego. 

algunas de las conductas que pueden contribuir a disipar la tensión, como pararse y hacer ligeros movimientos de soltura muscular o recorrer brevemente la sala de juego. Otras conductas rutinarias observadas están referidas a beber agua, mascar chicle (fumar ha quedado descartado), consumir café, chocolates, caramelos, galletas y otros productos semejantes.

Aunque un buen número de ajedrecistas prefieren abstenerse de ingerir alimentos (inclusive ligeros) privilegiando las bebidas, ciertamente es un tema personal y de autoconocimiento el elegir alguna de éstas u otras conductas comparables para incrementar la resistencia y el manejo del estrés. 

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3. Preparación Psicológica. No es extraño encontrar testimonios de destacados ajedrecistas que señalan que la práctica de disciplinas como el yoga y la meditación han contribuido a su equilibrio personal y rendimiento deportivo.

 En esa línea, el conocimiento y empleo de técnicas de relajación muscular progresiva también puede brindar una importante cuota para el objetivo trazado, particularmente cuando reciben el aporte de autoinstrucciones verbales, elaboradas por el propio ajedrecista y destinadas a ser empleadas en las etapas previa, de contacto inicial, en el transcurso y al finalizar la situación estresora (McKay et al, 1981). 

Igualmente, el empleo de la técnica clásica de desensibilización sistemática para la superación de temores (Rimm y Masters, 1974) y otras de imaginería positiva también pueden ser muy favorables.

4. Visión filosófica del ajedrez, del deporte y de la existencia. 

¿Disfruto del ajedrez sólo en la medida en que me depara triunfos?, ¿Necesito demostrar que soy mejor que los demás para sentirme bien?, ¿Busco mi superación o me obsesiona compararme con mis colegas?, ¿Puedo disfrutar del ajedrez y de su práctica como una actividad valiosa y placentera por sí misma?, ¿En qué medida acepto los ideales deportivos de participación, respeto y reconocimiento al rival?, ¿Qué lugar ocupa la competencia y el ajedrez en mi vida?, ¿Qué importancia ocupa en relación con mi familia… trabajo… estudios… amistades…?, ¿Cuáles son los hechos y las personas trascendentes de mi vida?, ¿Qué deseo alcanzar para mi futuro?, ¿Qué necesito para disfrutar la vida?, ¿Qué sentido le doy a mi existencia cada día?

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Responder a éstas y a otras preguntas semejantes puede contribuir mucho a que paulatinamente estemos mejor ubicados en relación con el mundo que nos rodea. 

Que cada pieza caiga en el lugar que le corresponde. Este es siempre un telón de fondo permanente que, más allá de nuestra práctica ajedrecística, tamiza nuestras alegrías y miserias.

Algunos consideran que tener una pasión exclusiva y excluyente por el ajedrez es un requisito para descollar y llegar a los máximos niveles; otros piensan que  siempre es mejor llevar una vida más equilibrada en la que también haya espacio para otras actividades gratificantes, sea que tengan que ver con trabajo o estudios; aficiones menores varias, por ejemplo a la literatura, cine y otras artes o deportes; y vida familiar, social y espiritual, por supuesto.

Con seguridad, este último camino provee menos riesgos para la salud y mejores condiciones para el desarrollo personal. Y éste noble juego bien merece ese tipo de personas.

Cómo gestionar las emociones en una partida de ajedrez

Son muchas las ocasiones en las que el aficionado al ajedrez pierde una partida o entra en un terreno pantanoso por no ser capaz de gestionar adecuadamente sus emociones.

Los estudios de Richard Davison sobre la gestión emocional

Richard Davidson es un psicólogo de la Universidad de Wisconsin que lleva una vida muy «ocupada». Durante décadas, Davidson ha mantenido una fascinación enorme con la meditación. A raíz de este interés consiguió mantener una estrecha relación con el Dalai Lama y lo guio en la ciencia de las emociones humanas.

Una de las cosas que hizo que Richard se interesara por cómo controlar las emociones  fue el darse cuenta que diferentes personas respondían a los mismos estímulos de maneras altamente contrastantes.

 Una broma inofensiva podría inducir a una persona a reír, a otra a llorar, y a otro a tomar cualquier otra actitud.

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Davidson estaba convencido de que esta variabilidad también se manifestaba en la vida cotidiana en una mayor o menor vulnerabilidad de los individuos ante las dificultades de la vida. 

Por lo tanto, fue pionero en el campo de la neurociencia afectiva, el estudio de los mecanismos neurales de la emoción.

Davidson ahora dirige el «Centro para la Investigación de las Mentes Sanas de la Universidad de Wisconsin-Madison», y después de tres décadas de investigación, ha propuesto que la plasticidad cerebral, es decir, su capacidad de alterar sus propiedades biológicas, químicas y físicas, probablemente se extienda a las emociones. 

De este modo, sugiere que podemos participar en prácticas mentales sistemáticas para cambiar aspectos de nuestro estilo emocional.

«NORMALMENTE NO PENSAMOS EN LA FELICIDAD COMO UNA HABILIDAD, PERO PARA MÍ, NO HAY RAZÓN PARA PENSAR EN ELLO DE MANERA DIFERENTE A TOCAR EL PIANO O JUGAR AL AJEDREZ»

Su investigación ha demostrado que la meditación puede cultivar la compasión y de hecho alterar los circuitos cerebrales asociados con el procesamiento de la emoción. 

Otros estudios han encontrado que la meditación puede mejorar la concentración y la atención, y potencialmente incluso aumentar la materia gris responsable del aprendizaje y la memoria.

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Tips para aprender a mejorar tu autocontrol.

La visualización

Encuentra un lugar tranquilo y dedica tiempo a visualizar a algún compañero que conozcas que se lamenta por haber perdido una partida y sufre. 

En cada inhalación imagina que estás tomando ese sufrimiento, y en cada exhalación imagina que el sufrimiento se ha transformado en compasión.

Haz esto durante unos diez minutos, de cuatro a cinco veces a la semana.

El sentimiento de impotencia

La emoción  de «impotencia» nace de un patrón de logro imperfecto. Y cuando sentimos impotencia durante una partida también sentimos falta de control, y la falta de control es una de las peores emociones que puedes percibir.

 Algunos jugadores simplemente no juegan de manera combativa. Pueden tener una buena técnica ajedrecística y dominar algunas aperturas, pero ante las dificultades empiezan a dejar paso a una especie de desamparo. Y no digamos nada de la pérdida de material sin compensación o de errores «tontos».

Ese sentimiento de descontrol es la clave para no ganar partidas.

 ¿Cuál es el remedio?

Dejar de estar expuesto a lo que puedes percibir como resultados incontrolables, experimentar mayores éxitos y tener una plena conciencia de ellos. Para ello es mejor fijarse metas de «ejecución» que de «resultado». De esta manera puedes tener un sentimiento de éxito incluso cuando pierdes.

Las metas de ejecución

Este tipo de metas hacen referencia a objetivos de la actuación: estar concentrado al 100% en la partida, ser más agresivo, jugar con un sentido más práctico y menos perfeccionista… Si te enfocas en ganar exclusivamente será mucho más probable que pierdas el control de la partida. En cambio, puedes enfocarte en metas de este tipo directamente y pronto verás que en cada partida puedes marcar la diferencia.

Los tips anteriores también te ayudarán a mejorar tu inteligencia emocional. 

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Cómo el ajedrez mejora tu inteligencia emocional

La inteligencia emocional es la capacidad de utilizar la razón para gestionar adecuadamente las emociones. Una emoción no desaparece simplemente queriéndolo. Si estamos enfadados y nos tratamos de convencer mediante la voluntad, esta emoción no va a desaparecer salvo que la sustituyamos “racionalmente” por otra emoción, es decir, yo no puedo dejar de estar triste porque quiera, dejo de estar triste porque racionalmente he comprendido las ventajas de dejar de estarlo y, entonces, aparece una nueva emoción que sustituye a la anterior, que me lleva a dejar de estar triste. 

Si le damos tiempo, siempre acaba siendo más poderosa la razón que la emoción, pero necesita tiempo, la razón es muy lenta…

En una partida de ajedrez se suceden de media, entre 40 y 60 decisiones. Estas decisiones se desarrollan en contextos diferentes, fundamentalmente por el factor tiempo. 

El ajedrez mejora diversas competencias pero sobre todo nos enseña a controlar nuestra impulsividad y a gestionar adecuadamente nuestras “emociones automáticas”.

 No puede existir un buen jugador de ajedrez que no haya desarrollado, o no disponga de la capacidad de controlarse emocionalmente. Lo que “nos pide el cuerpo” no siempre es una buena solución.

A través de la repetición y la práctica, se asientan en los jugadores (ya sean niños que aprenden o jugadores de mayor nivel), los hábitos que potencian el trabajo del cerebro racional.

 El cerebro emocional hace continuamente sugerencias al cerebro racional: propone sensaciones, impresiones, intuiciones, todo ello es muy vago y cuenta con poca profundidad. 

Si el cerebro racional no “domina” las decisiones que se producen en el tablero solemos encontrarnos ante decisiones de baja calidad. 

Esto sucede, por ejemplo, en personas que juegan de manera impulsiva o en los apuros de tiempo. Cuando no queda tiempo el cerebro racional no puede

“conectarse” y el jugador debe optar por jugar casi en exclusividad basado en sensaciones que duran 1 segundo. El país perfecto para los errores.

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Afortunadamente el cerebro racional tiene una cierta capacidad para cambiar esta manera de trabajar  y puede programar la memoria para obedecer una orden que anula las respuestas habituales, y el ajedrez es un ejercicio fabuloso para modelar esta interacción.

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